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miércoles, 2 de julio de 2014

Este año no voy a llorar

Este año no voy a llorar. No. Este año no lloraré porque ya es la cuarta vez que recorro esas calles. No voy a llorar. Que lloren los debutantes. Yo, no.

Atrás ha quedado ya el Monte del Gozo, y la lluvia en O Cebreiro, y la niebla de San Roque, y el calor donde la meseta empieza a mirar al cielo, y los abrazos de la salida, y el café compartido en cualquier pausa del Camino.

Atrás quedan las risas y las lágrimas por algún recuerdo de quien que ya no está. Pero esta vez no voy a llorar.

Atrás van quedando muchos recuerdos que afloran transformados en emociones, ahora convertidas en eternas. Atrás quedan los aplausos del final de cada relevo cuando la concha cambiaba un brazo sudado por otro que iba a romper a transpirar. ¡Atrás quedan tantas cosas! Pero no, este año no voy a llorar. Después de pisar por tres veces esas piedras con aroma jacobeo no tendría sentido llorar.



Al fondo se ve ya Santiago. Se escuchan los primeros aplausos. Bailamos al compás de una muñeira y nos miramos buscando en la sonrisa ajena un refugio para las emociones que están a flor de piel. Cada paso estamos un paso más cerca de la meta y algo se empieza a remover en mi interior. Pero no, esta vez no voy a llorar.

Ya se asoma el empedrado. Se apelotonan los recuerdos y piensas que quien has querido de verdad siempre estará cerca. Y un nudo en la garganta nos recuerda por qué hemos venido y por quién recorremos cada paso. Pero no voy a llorar. Este año no.


Y al girar aparece, casi a traición, el Obradoiro. Y recuerdo ese padre que nos abrió su corazón al pasar por El Ganso, que nos sirvió un café y nos puso 5 € en la mano entra las lágrimas de su mujer, recordando ambos el niño que se les fue por un maldito tumor cerebral. Y martillean en mi cerebro sus palabras. "No podemos esperar que nadie haga algo por nosotros. No podemos confiar sólo en los que mandan. Tenemos que ser nosotros los que nos movamos". Lo recordé justo cuando llegábamos a las escaleras que dan paso a la plaza soñada y que volví a ver vidriosas. Porque lloré. Sí. Lloré, tenga o no sentido. Lloré, esta vez también. Lloré y creo que lloraría cien veces más que llegara a su vera.

Lloré por quien ya no puede llorar y hasta por quién se ha quedado sin lágrimas. lloré porque el Apóstol nos guarda y Santiago nos aguarda. Un año más he llorado. Y ya van cuatro. Y volveré para llorar y comprobar que no hay quinto malo. Santiago volverá a guardarnos en su Camino y a esperarnos en su refugio. Santiago es y será siempre nuestra meta.

Dicen que la amistad es eterna cuando se comparte el Camino. Debe ser verdad. Nada se puede secar cuando lo riegan las lágrimas de emoción.

Nadie desaparece del todo cuando pervive en el recuerdo.

1 comentario:

Natalia Torrente dijo...

Qué grande eres César... Tú lloraste y yo he llorado. Es un placer leerte y una suerte tenerte. Si Dios quiere, me comprometo el año que viene en la medida que pueda, a acompañarte en esta aventura tan intensa que eres capaz de regalar a tanta gente. Gracias, como siempre